Pasa que… cuando caminé por una callecita del centro de la ciudad, vi cómo a un hombre vestido y aireado por la filosofía que caminaba por la acera flanqueando un largo y altísimo muro de ladrillo, le cayó una ración exclusiva de agua, ¡maldita la tragedia de la vida! No por el agua que se le veía friísima sobre su piel, sino por las lamas y cáscaras blancas que aparecieron en su traje en el momento de la acción: el baño. Miré arriba ¿de dónde proviene? De una ventanita del tamaño de la boca de un balde. Crucé la esquina y vi que era un convento, un enorme claustro nunca antes visto por mí, alto y tal vez imponente a partir de su tercer nivel… ingenio la manera de entrar: soy reportero de algún periódico y vengo a hacer una nota acerca de este maravilloso lugar. La monja que hace de guardia me permite el paso, me hago el que observo y tomo nota, subo dos niveles y una vieja raída como su hábito me dice pase, usted, le entiendo parce, usted; le sonrío compinche pero caigo en cuenta de mi yerro y me acomodo a su léxico solemne, casi de ultratumba: habla de que mi venida no es casual y todo pasa porque hay un sentido, así no lo sepamos. Recompongo mi oído. ¿Qué te motiva a visitarnos? Soy reportero y quiero escribir acerca de este maravilloso lugar: justifico mi visita sin mencionar la ventanita, hasta hablo de Dios como motor de la vida: ella se muestra agraciada cuando lo nombro e intenta transmitirme un mensaje de bondad hasta cuando yo hablo y ella escucha; lástima que su rostro de ínfulas bonachonas ni aire tenga, hasta la nariz le cuelga, pienso que con el hábito sostiene su cara, eso es el trajín de la vida, hasta Dios le habrá halado los cachetes, por eso se le dificulta sonreír, levantar algo se vuelve una proeza para ella. Dice aceptar, que cuando las fuerzas me lo permitan comience. Digo que me gustaría visitar todo el edificio, desde arriba hacia abajo; no menciono la ventanita. Habitaciones, oratorios, baños, bibliotecas, viejos muebles por todos lados como cualquier claustro sacro ¡ah! Y unos cuantos templos por nivel. Tan solemne todo, asusta. Pero no veo la ventanita, me hago el que observo y tomo nota, no la veo. ¡Ocultan algo! ¡Pero de qué manera! Agradecemos su visita, usted es bienvenido. Gracias, les enviaré algunos ejemplares del reporte. Retorno a la callecita, miro arriba: de la ventanita sale una mano ¡Saluda! Saluda a la pequeña multitud que transita, pocos la vemos, y se esconde. ¡De qué manera ocultan algo!