martes, 6 de marzo de 2012

- EXISTENCIA -

Siempre trataba de cavilar cuestiones metafísicas pero mi cuerpo inquieto no me permitía detenerme unos segundos para pensar.  Por mi inquietud empecé arrancándome las uñas con la boca, los órganos los saqué por la boca hasta que dejé la mera piel, incluso lampiña; me sentí vacío, pero me paré frente al ventilador encendido y me llené de aire cuando abrí la boca.  Vestí mi piel y me fui para la calle.  Todo iba apropiadamente hasta que me salió una tos tan escandalosa que terminé por llamar la atención de todos los transeúntes: mi ropa era tres tallas más grande que yo.  Me contuve y corrí al médico; me dijo que me quitara la camisa y accedí nervioso.  Cuando puso su estetoscopio sobre mi pecho miró sorprendido, puso su mano y luego hundió su dedo: usted es un muñeco inflable.  Por un instante se me ocurrió que hubiera preferido ser mujer, segundos después el signo fálico se me presentó en su cotidiana búsqueda del horizonte.  Sentí algo entre mis piernas que no me permitía sentarme cómodamente, cuando la necesidad de llegar a un lupanar era más fuerte.  Pero abandoné al médico y corrí; los transeúntes se enteraron del tamaño y gravedad del asunto.  Llegué al sitio, todas me miraron y rieron, la mayoría eran carnosas y voluptuosas, pero se destacaba un par, casi raquíticas; seguro necesitan aire, pensé, y tosí de nuevo: la búsqueda del horizonte comenzó a decaer.  Cerré la boca y me contuve forzando mi piel, arrastré al par hacia un cuarto, las desnudé y presenté mi signo fálico, y al tocarlas con él sentí que hice la misma cara de sorpresa que el médico y lo dije: ustedes son unas muñecas inflables.  El par sonrió como alcancías de cerditos esperando sus monedas; sólo llevaba aire conmigo, tosí pero no abrí la boca: exploté como una gran explosión y me agarré de un pedazo de mi piel que voló por el cuarto.

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